miércoles, 27 de diciembre de 2017

Día 19: "Chidi"

Abro los ojos y pestañeo 3 veces. Me miro al espejo y me pregunto si está bien lo que estoy por hacer. ¿A quién no le pasó? Hay gente incluso que vive con esa disyuntiva. Todo el tiempo duda de lo que hace. ¿Por qué yo no? Lo que pasa es que usualmente lo creo una pérdida de tiempo... sólo voy a saber si está bien o no en el futuro. De hecho, en dos años voy a tener una perspectiva diferente que dentro de 10 años sobre este hecho. "Connecting the dots" decía Steve Jobs, haciendo alución a que sólo podremos entender el camino conectando los puntos hacia atrás. Algunos dirán que el bosque no se puede ver si el árbol está muy cerca. Otros dirán que los caminos del señor son misteriosos... 

El reflejo me devuelve la viva imagen de la incertidumbre. Sonrío, pero extrañamente ese rostro no se inmuta. Eso pasa cuando la sonrisa es débil...

Esto me hace recordar que cierta vez, un anciano que se justificaba la cara de enojado constante con el "tengo sonrisa débil", me regaló un consejo que intento siempre seguir: cuando estés en la duda de si hacer algo o no, hacelo... es mas fácil arrepentirse de algo que no hiciste. ¿Por qué no aplicarlo a este caso? La duda me carcome la cabeza y me desgasta el pensamiento. Mis ojos rojos piden a gritos una decisión que prácticamente es inminente. O lo hago o no lo hago. Sigo el consejo del anciano, o me arriesgo a arrepentirme para siempre. 

Un último suspiro antes de darle paso a la acción es el intento desesperado de mi cuerpo para alejar esos fantasmas interrogativos, por supuesto sin éxito, pero con una gran valentía. Otra sonrisa aparece, esta vez muy visible... y muy por dentro resuena victorioso la resolución de tan decoroso conflicto interno:

"Ma´ si... me saco el granito y chau!"

lunes, 23 de octubre de 2017

Día 18: "Abuelo."

Una palabra tras otra, a cuenta gotas, denotando una parsimonia intrigante. Como un tambor marcando un ritmo lento... suave... pero sumamente exacto. Resonando en lo mas profundo de mi ser...
Su relato descansaba cada tanto en una sonrisa pícara, de esas que solía tener cada vez que viajábamos a ese mundo ideal, o a cualquier mundo en realidad. En esa pausa no había vacío, sino que estaba lleno de ecos y pensamientos emergentes del relato previo. Como quien se mete una cucharada de helado y cierra los ojos mientras juguetea con la lengua disfrutando el sabor. Esa pausa era estratégica... al viejo no se le escapaba nada.
Y de repente, como una brisa que abre la ventana para refrescar la habitación, retomaba la historia. Héroes, villanos, fantasía... cada tanto pienso que debería haber un premio Nobel al contador de cuentos, y sé exactamente quién sería el ganador. Pero no importa eso, para mi el mejor era él.
Una emoción tras otra en un sube y baja permanente. Esos momento que no querés que terminen jamás.

Pero terminan. Siempre terminan. Con ese gustito amargo a poco. Pero con ese gustito dulce de que ya falta menos para la siguiente historia. Porque siempre terminan, pero siempre comienzan de nuevo.

Hasta que un día de lluvia (o de sol, no recuerdo..), su propia historia terminó. Y nunca más comenzó de nuevo...